Marco Tulio Cicerón. Imagen creada por IA
Se dice que Marco Antonio (el triunviro) odiaba tanto la elocuencia de Cicerón que, después de ordenar su asesinato en el año 43 a.C., mandó que le cortaran la cabeza y las manos y las exhibieran públicamente en los Rostra del Foro Romano, el mismo lugar donde Cicerón había pronunciado sus discursos más brillantes.
Según relata Plutarco, el historiador griego, la esposa de Marco Antonio, Fulvia, tomó la cabeza de Cicerón y repetidamente atravesó su lengua con una aguja de tejer en un acto de venganza simbólica.
¿Por qué tanto odio? Porque Cicerón había pronunciado "Las Filípicas", una serie demoledora de catorce discursos contra Marco Antonio que lo humillaron públicamente y pusieron en peligro su poder político.
Lo irónico y poderoso de esto es que demuestra algo extraordinario: las palabras de Cicerón eran consideradas tan peligrosas, tan efectivas como arma política, que no bastaba con matarlo; había que silenciar simbólicamente los instrumentos físicos de su oratoria: su lengua y las manos con las que escribía.
Es un testimonio brutal pero contundente del poder real que tenía la elocuencia en la Roma republicana.
1. Los hechos del asesinato y la profanación.
El relato proviene principalmente de Plutarco en su obra "Vidas Paralelas" y, en menor medida, de otros historiadores como Dión Casio y Tito Livio, cuyos textos se perdieron pero son citados por otros historiadores).
Marco Antonio incluyó a Cicerón en las listas de proscripción tras formar el Segundo Triunvirato con Octaviano y Lépido (43 a.C.).
Cicerón fue asesinado cerca de Formia. Sus asesinos le cortaron la cabeza y las manos.
Estas partes del cuerpo fueron llevadas a Roma y exhibidas públicamente en los Rostra del Foro Romano, la tribuna desde donde los oradores hablaban al pueblo.
2. El papel de Fulvia.
Plutarco relata que Fulvia, la esposa de Marco Antonio, tomó la cabeza de Cicerón, le sacó la lengua y la atravesó repetidamente con agujas (en algunas traducciones, "agujas de tejer" o "broches").
Este acto es históricamente célebre y se interpreta como una venganza simbólica contra el órgano que produjo las Filípicas.
Matiz histórico: Algunos historiadores modernos cuestionan este detalle específico, sugiriendo que pudo ser una exageración propagandística posterior para demonizar a Marco Antonio y especialmente a Fulvia, quien era despreciada por los círculos senatoriales partidarios de Cicerón y Octaviano.
Sin embargo, el relato de Plutarco es la versión que ha perdurado y se acepta en la tradición histórica.
3. La causa del odio: Las Filípicas.
Cicerón escribió y pronunció catorce discursos llamados "Filípicas", (por su similitud con los discursos del orador griego Demóstenes contra Filipo de Macedonia) en los que cuestionaba a Marco Antonio.
Estos discursos eran piezas maestras de invectiva política, que acusaban a Marco Antonio de ambición tiránica, incompetencia, corrupción y de querer destruir la República.
Estas piezas oratorias de Cicerón dañaron gravemente la reputación de Antonio y legitimaron la guerra en su contra.
El odio de Antonio era, por tanto, personal y político. Cicerón era la voz más poderosa de la facción senatorial que se le oponía.
4. La interpretación simbólica y el poder de la elocuencia.
La ejecución de Cicerón no fue suficiente. Era necesario un castigo ejemplar y simbólico (exemplum) dirigido al origen de su poder: su lengua (oratoria) y sus manos (escritura).
Al exhibirlas, Marco Antonio convertía el lugar de sus triunfos en el escenario de su humillación final, enviando un mensaje brutal a sus enemigos.
Este acto demuestra que en la Roma republicana tardía, la palabra (la retórica, la influencia política, el control de la opinión pública) era un arma de poder tangible, tan peligrosa como un ejército.
Estos actos ilustran crudamente la transición de la República al Imperio: el momento en que la fuerza bruta del poder militar (Antonio) silenció, de la manera más violenta posible, a la voz más elocuente de la ley y la tradición republicana (Cicerón).
Es un testimonio brutal, pero contundente, del poder real de la elocuencia en la antigua Roma.
La historia de la cabeza y las manos de Cicerón en los Rostra es quizás la metáfora más poderosa del valor de la palabra libre en la historia occidental.
Nos recuerda que en ciertos momentos críticos, un discurso bien fundamentado, un argumento demoledor, una verdad dicha con valor, pueden ser percibidos como la amenaza más peligrosa para el poder desnudo. Cicerón murió, pero su voz no. Sus obras, sus ideas sobre la república, la ley y la oratoria, sobrevivieron a sus verdugos. Marco Antonio y Fulvia son recordados, en gran parte, por este acto de barbarie contra el mayor orador de Roma. La próxima vez que subestimes el poder de una idea bien expresada, recuerda esta escena en el Foro.
Recuerda que hubo un tiempo en que los hombres poderosos temían tanto a una lengua, que creyeron necesario clavarla con una aguja. Y fallaron.
