Esta frase de Saint-Exupéry nos recuerda algo fundamental: muchas veces nos enamoramos de lo superficial, de las apariencias, sin comprender la esencia de lo que realmente importa.
En el ámbito profesional, esto se traduce en enfocarnos en resultados inmediatos sin cultivar los fundamentos que los sostienen.
Nos atraen los logros visibles pero descuidamos la formación continua, las relaciones auténticas, la cultura organizacional o los valores que dan raíces sólidas a cualquier proyecto.
Cuando llega el otoño —esos momentos de crisis o cambio— nos damos cuenta de que sin raíces profundas, todo lo demás se desvanece.
¿En qué estamos poniendo nuestra energía hoy?
¿En las flores que se marchitarán o en las raíces que nos sostendrán mañana?
