Cuando hablamos de retórica, pensamos rápidamente en discursos políticos y seguramente más de una vez hemos escuchado o leído frases como estas:
“Es que su retórica es impecable…”
“¡Ay, esa gente siempre sigue con la misma retórica de siempre!
“Ten cuidado, tienen una retórica incendiaria”.
Pero ¿qué queremos decir en realidad cuando utilizamos esa palabra?
En el lenguaje cotidiano hemos convertido muchas veces la palabra retórica en sinónimo de adorno vacío, palabrería o peor aún, manipulación engañosa, por lo que surge la pregunta:
¿Qué es de verdad la famosa retórica?
La retórica es mucho más "que hablar bonito" y explicado de una manera sencilla, podemos entenderla como el arte y la técnica de utilizar el lenguaje de manera eficaz para construir un mensaje capaz de influir en quienes nos escuchan o nos leen.
La persuasión ocupa un lugar fundamental en la retórica, pero no consiste ella en simplemente intentar convencer a cualquier precio.
La retorica implica saber qué decir, cómo decirlo, cómo organizar las ideas, qué argumentos utilizar y qué recursos del lenguaje pueden ayudar a que un mensaje sea comprendido, recordado y ser capaz de producir una respuesta.
Por esta razón un discurso basado en una retorica moral y creativa, puede buscar informar, persuadir, conmover, inspirar o movilizar de forma noble y edificante.
La retórica trabaja con las palabras, pero también con la manera en que esas palabras se organizan para alcanzar un propósito, y aquí encontramos una idea fundamental: la retórica no es buena ni mala por sí misma; es una herramienta cuyo valor dependerá de cómo se utilice, con qué intención y al servicio de qué contenido.
La razón, la credibilidad y la emoción
Desde la tradición clásica, la retórica ha reconocido diferentes caminos para influir en una audiencia.
Aristóteles identificó tres recursos fundamentales de la persuasión:
- Logos: la fuerza de las razones, los argumentos y la estructura lógica del discurso.
- Ethos: la credibilidad que proyecta quien habla.
- Pathos: la capacidad de despertar emociones en quienes escuchan.
Los tres siguen estando presentes en nuestra comunicación cotidiana.
- Cuando alguien presenta datos y argumentos, apela a nuestra razón.
- Cuando confiamos en quien habla por su conocimiento, experiencia o credibilidad, entra en juego el ethos.
- Y cuando un relato despierta esperanza, miedo, indignación, empatía o entusiasmo, estamos ante el pathos.
El problema no está en utilizar las emociones.
Las emociones también forman parte de la comunicación humana.
El problema aparece cuando las emociones sustituyen a las razones o cuando se utilizan deliberadamente para impedir que analicemos lo que se nos está diciendo.
Por eso conviene aprender a reconocer no solamente qué sentimos ante un mensaje, sino también qué argumentos lo sostienen.
La envoltura y el contenido
Esta tensión entre la eficacia del discurso y la verdad de aquello que se afirma tampoco es nueva.
Ya en la Grecia clásica existían debates sobre el uso de la retórica, particularmente alrededor de la relación entre persuasión, conocimiento y ética.
Platón fue especialmente crítico con una retórica utilizada como mera técnica de persuasión, capaz de hacer parecer verdadero aquello que no necesariamente lo era.
Aristóteles, por su parte, estudió la retórica de manera sistemática y la consideró una disciplina legítima para analizar los medios de persuasión disponibles en cada situación.
La discusión, en el fondo, sigue siendo muy actual:
¿Puede un discurso ser eficaz y, al mismo tiempo, ser falso?
La respuesta es evidente: sí.
Podemos construir un mensaje brillante, emocionante y persuasivo… y estar equivocados.
Por eso me gusta pensar en la retórica como la envoltura de un regalo.
Una buena envoltura atrae nuestra atención, despierta curiosidad y nos invita a descubrir qué hay dentro.
Pero sería un error confundir la belleza del envoltorio con el valor de su contenido.
Una presentación convincente no convierte automáticamente una afirmación en verdadera.
La retórica en la era digital
Hoy esta cuestión adquiere una dimensión todavía mayor.
Vivimos rodeados de mensajes: titulares, videos, discursos, publicidad, publicaciones, comentarios, podcasts y millones de contenidos que compiten diariamente por nuestra atención.
En este entorno, la capacidad de captar rápidamente la atención se ha convertido en un valor enorme.
Los mensajes que provocan una reacción emocional intensa pueden generar más comentarios, compartidos y conversaciones, y esto puede favorecer la circulación de contenidos diseñados para provocar miedo, indignación, entusiasmo o confrontación.
Aquí aparece un término que escuchamos cada vez con mayor frecuencia: posverdad.
No significa simplemente que todo sea mentira. Se refiere a situaciones en las que los hechos objetivos tienen menos influencia sobre la opinión pública que las emociones, las creencias personales o aquello que una persona desea considerar verdadero.
En este escenario, la retórica adquiere todavía más importancia, porque quien domina los recursos del lenguaje puede conseguir que un mensaje sea escuchado, recordado y compartido. Pero precisamente por eso nosotros también necesitamos aprender a escucharlo de manera crítica.
El peligro del oyente pasivo
Cuando los medios o los analistas nos advierten que alguien utiliza una determinada retórica, muchas veces nos están llamando la atención sobre la manera en que un discurso intenta influir en nosotros.
Un buen comunicador puede conocer los resortes del miedo, de la esperanza, de la indignación o de la empatía y utilizarlos dentro de su discurso.
Eso no es necesariamente manipulación, porque la emoción es parte legítima de la comunicación.
La pregunta que debemos hacernos es otra:
¿La emoción acompaña al argumento o pretende sustituirlo?
Si escuchamos de manera pasiva, corremos el riesgo de aceptar una idea simplemente porque nos gusta cómo suena, porque nos conmueve o porque confirma aquello que ya pensábamos, y ahí comienza un problema que no es solamente de comunicación.
Es también de pensamiento crítico.
Educar la mirada
Desarrollar el pensamiento crítico no significa rechazar la retórica ni desconfiar de toda comunicación persuasiva.
Al contrario, la capacidad de utilizar el lenguaje para transmitir ideas, despertar emociones y movilizar a otros es uno de los grandes logros de la comunicación humana, lo que necesitamos es aprender a desenvolver el mensaje.
Cuando un discurso nos conmueva, nos entusiasme, nos indigne o nos asuste, podemos hacer una pequeña pausa y preguntarnos:
¿Qué me está haciendo sentir?
¿Qué me está intentando hacer creer?
¿Qué argumentos presenta?
¿Qué datos respaldan lo que afirma?
¿Qué queda cuando retiro los adjetivos, las emociones y las frases impactantes?
Esa pausa puede marcar una diferencia, porque comunicarnos mejor no significa solamente aprender a hablar.
También significa aprender a escuchar, analizar y discernir.
La palabra y la responsabilidad
La retórica nos recuerda que las palabras tienen poder.
Pueden abrir una conversación o cerrarla.
Pueden construir confianza o destruirla.
Pueden despertar esperanza, provocar miedo, movilizar a una sociedad o manipular sus emociones.
Por eso, aprender a utilizar el lenguaje eficazmente debería ir acompañado de una pregunta todavía más importante:
¿Para qué quiero influir en los demás?
La técnica puede enseñarnos cómo hacerlo.
La ética nos obliga a preguntarnos ¿para qué?
Los argumentos y los hechos nos permiten comprobar qué hay realmente detrás de aquello que estamos diciendo.
Como suelo reflexionar: la retórica puede hacer que un mensaje llegue, pero los hechos y la solidez de los argumentos deben sostenerlo. Apreciemos en consecuencia el arte de la buena comunicación, aprendamos a utilizar las palabras con inteligencia, intención y responsabilidad.
Pero aprendamos también a escucharlas, porque un mensaje verdaderamente poderoso no es aquel que nos impide preguntar, es aquel que puede ser cuestionado, examinado y aun así, mantenerse en pie.
Si deseas seguir abundando sobre este topico escucha el tema en nuestro canal de Youtube.



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